Posteado por: Blanca Gª Manjón | 02/02/2010

NPE, ¿traición o salvación del proyecto revolucionario bolchevique?

Tras la Revolución de Octubre de 1917 y la elección del primer Sovnarkom (Consejo de Comisarios del Pueblo) con Lenin al frente, la prioridad era acordar un tratado de paz entre la Rusia soviética y las Potencias Centrales con objeto de poner fin a su participación en la Primera Guerra Mundial y centrar sus exiguos recursos en la consecución de la sociedad comunista mediante la dictadura del proletariado. Lenin ya había manifestado su proyecto revolucionario en las conocidas Tesis de abril de 1917: “La peculiaridad del momento actual en Rusia es el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia de clase y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de los sectores pobres de los campesinos”. Esta segunda etapa se concretaba, entre otras medidas, en “la confiscación de todas las tierras de los terratenientes” y la “nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los soviets locales de diputados obreros agrícolas y campesinos (…)”.

Sin embargo, el primer escollo para el desarrollo de sus tesis fue la Guerra Civil –o quizás deberíamos hablar de “guerras civiles”– como consecuencia del descontento general tras la firma del Tratado de Brest-Litovsk, por el que Rusia transfería territorios a Alemania, al Imperio Otomano, confirmaba la “independencia” de Finlandia, Ucrania, Polonia y los países bálticos, y además se comprometía al pago de reparaciones de guerra a Alemania. La pérdida de territorio fue interpretada como un debilitamiento del poder ruso por muchos revolucionarios y por los zaristas, mientras que los Aliados veían en el acuerdo germano-soviético un desafío a sus intereses (todavía estaban en contienda): “[…] el tratado de Brest-Litovsk había enojado tanto a los británicos que habían enviado un contingente expedicionario […]. Pero también pesaban otras amenazas: los franceses desembarcaron una guardia naval en Odesa, en el Mar Negro; […] y el contingente americano no les iba a la zaga”[1]. Así pues, entre 1918 y 1921 el poder bolchevique tuvo que luchar contra varios frentes, a saber, los socialistas revolucionarios y los anarquistas, el Ejército Blanco, los independentistas ucranianos y caucasianos, Polonia y, finalmente, las potencias occidentales que acechaban en la periferia de la RSFS.

A fin de garantizar la victoria bolchevique, el Sovnarkom impulsó el llamado “comunismo de guerra” –o “dictadura sobre el suministro de alimentos”–, establecido en junio de 1918. Esta medida excepcional implicaba la nacionalización de todas las empresas, la intruducción del trabajo forzado en las industrias básicas, amén de las requisas de grano (Prodrazvyorstka) y el recorte de las libertades conseguidas con las revoluciones de febrero y octubre. En la práctica, “el Comisariado del Pueblo para el Suministro de Alimentos se apropiaba de cereales allí donde los podía encontrar, y a menudo se dejaba que las familias campesinas se murieran de hambre”[2]. El Sovnarkom esperaba el apoyo del campesinado, pero las inmensas exacciones de grano, de reclutas y de mano de obra que debían soportar día sí y día también provocaron revueltas campesinas en la cuenca del Volga y en Siberia (1920-1921), crisis de subsistencia con millones de víctimas, huelgas en las fábricas más importantes (“[…] se calculó que el output fabril de 1920 fue un 86% menor que el correspondiente a 1913”[3]) y un hecho decisivo: el amotinamiento de los marineros de la base naval de Kronstadt, que, pese a haber sido férreos partidarios de los bolcheviques, denunciaban en su “Declaración política” del 28 de febrero de 1921 que “los soviets actuales no expresan la voluntad de los obreros y de los campesinos”, reclamando asimismo el fin de la requisa de grano y la concesión a los campesinos de “entera libertad de acción sobre la tierra”.

Lenin, dándose cuenta de la gravedad de la situación y considerando que sólo un acuerdo con los campesinos podría salvar la revolución, anunció la implantación de la Nueva Política Económica (NPE), autorizada por el Politburó no sin reservas, dado que suponía el establecimiento de una economía mixta basada en la recuperación de los valores fiduciarios (dinero), en la restauración de la actividad comercial a pequeña escala y, en definitiva, como Lenin mismo reconoce, en el hecho de que “la libertad de comerciar con los excedentes significa inevitablemente libertad de desarrollo del capitalismo”[4]. No obstante, esta concesión al “capitalismo controlado y regulado por el Estado proletario” era necesaria en un país como Rusia, devastado por la sucesión de guerras civiles y revoluciones. Lenin era consciente de que la NPE era una pausa dentro del proceso de construcción del socialismo y, de hecho, la única vía para restaurar la industria soviética y mejorar las condiciones de obreros y campesinos, si bien muchos bolcheviques pensaban que la reintroducción de prácticas capitalistas constituía una traición a los principios de la Revolución de Octubre de 1917. Pero la NPE no sólo contemplaba el comercio privado de alimentos sino también la liberación de otros sectores económicos que habían estado bajo monopolio estatal durante el comunismo de guerra, sectores considerados no estratégicos: talleres y pequeñas empresas fabriles. Se preveía que “el Estado obrero” daría “en arriendo determinadas minas, bosques, eplotaciones petrolíferas, etc., a capitalistas extranjeros, para obtener de ellos instrumental y máquinas suplementarias que nos permitan apresurar la restauración de la gran industria soviética”[5]. Es el caso de las inversiones de Henry Ford.

La NPE acabó con la crisis de subsistencia y permitió una cierta recuperación económica, aunque también implicó el fin del igualitarismo total en los años del “comunismo de guerra”, fomentó las “tijeras de precios” entre el campo y la ciudad (vaticinadas por Trotski) y el surgimiento de los nepmani, una suerte de estraperlistas avezados a la especulación de productos.  A pesar de todo, la NPE prosiguió aún cuatro años más tras la muerte de Lenin, tutelada por Stalin y con una clara oposición de Trotski, que se había posicionado a favor de la planificación centralizada de la economía soviética. Planificación que, curiosamente, tras el exilio de Trotski en 1928, adoptaría Stalin en sus Planes Quinquenales a partir de ese mismo año.

En definitiva, podemos resumir la sociedad soviética bajo la NPE como “un amasijo de contradicciones imprevisibles, callejones sin salida y oportunidades, de aspiraciones y descontento”[6].

Blanca Gª Manjón


[1] SERVICE, Robert, Historia de Rusia en el s.XX, Barcelona, Crítica, 2000, p.110.

[2] Ibídem, p.116.

[3] Ibídem, p.130.

[4] http://www.upf.edu/materials/fhuma/hc1/docs/dost3.pdf, p.28.

[5] Ibídem, p.28.

[6] SERVICE, Robert, Ibídem, p.151.

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Responses

  1. Excelent article i excelent material linkat. Ja veiem el seu rigor, ara una mica de PERSONAL, com el seu primer post.
    S’està animant, endevant.
    Salut

  2. Gràcies 🙂 Sí, ja és hora d’escriure quelcom més personal. Procuraré que d’aquesta setmana no passi.


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