Posteado por: Blanca Gª Manjón | 30/01/2010

La Gran Guerra: ¿Dulce et decorum est pro patria mori?

Al plantearse la cuestión del cambio de mentalidad en los combatientes a lo largo de la Primera Guerra Mundial, debemos preguntarnos primero a qué clase de combatientes nos referimos: ¿a la vieja guardia henchida de militarismo romántico o a la joven carne de trinchera (poilus, tommies, Frontsoldaten…) que, embriagada de nacionalismo exacerbado por los padres de la patria, sucumbió a la orgía de “barro, sangre y metralla” que tan bien retrata Jacinto Antón en su reportaje? Porque la Gran Guerra supuso ante todo un conflicto entre generaciones. Cuando Edward Grey, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, sentenció en vísperas del estallido de la contienda que “las lámparas se apagan en toda Europa”, era consciente de que los fundamentos de lo que Hobsbawm llama “el gran edificio de la civilización decimonónica”[1] estaban a punto de desplomarse como un castillo de naipes. Los franceses, anclados en las gloriosas victorias militares de siglos pasados, recibieron el anuncio de la guerra con júbilo y predisposición patriótica. “¡ES LA GUERRA!”, se grita entre la multitud, según Gabriel Chevallier en El miedo. “Todo comienza como una fiesta”, “los oficiales de carrera dicen: «Ha sonado la hora. ¡Se acabó el pudrirse en los grados subalternos!»”, añade. En virtud de la Union Sacrée, en defensa de la nación, se llamó a la movilización general de toda Francia. Sin embargo, pronto asomó la verdad: Desde las Guerras Napoleónicas no se había registrado una en la que hubieran participado todas las grandes potencias, o la mayor parte de ellas, y la guerra de mayor envergadura tras ese período, que enfrentó a Francia con Prusia en 1870-71, se había saldado con 150.000 muertos, en comparación con las 9 millones de víctimas que perecieron en la Primera Guerra Mundial. Además, Hobsbawm[2] señala que las guerras decimonónicas habían sido impulsadas por “motivos limitados y concretos”, mientras que la Gran Guerra, calificada por muchos de “guerra total”, perseguía “objetivos ilimitados” teñidos de revanchismo y vanidad patriótica.

Dado que la memoria colectiva albergaba solamente testigos pretéritos de –en palabras de Chevallier– “ancianos que chochean, que los jóvenes rehúyen y que estarían mejor en Los Inválidos”, era normal que todo el mundo, especialmente las nuevas generaciones, se preparara para ir a la guerra pero nadie supiera nada de ella. Jamás se habrían imaginado que la conflagración se prolongaría durante cuatro años ni que el “frente occidental” se convertiría en la peor carnicería antes vista: “Ultimátum… Ultimátum… Ultimátum… Pero Francia dijo, mirando las nubes aborregadas hacia el Este: «Es allí donde habrá tormenta»”. Alemania, imbuida en el militarismo arcaico de la vieja Prusia, cuya personificación era la figura del káiser Guillermo II y todo su séquito de Junkers, pergeñó el Plan Schlieffen en la ingenua creencia de que la guerra duraría unas pocas semanas. Según este plan, para evitar una guerra de dos frentes, las tropas alemanas debían concentrarse en el frente occidental, aniquilando al ejército francés en un plazo máximo de seis semanas, a fin de conservar suficientes efectivos para poder combatir después a los rusos en el frente oriental[3]. Las batallas de Verdún y del Somme, entre otras, en las que soldados como Chevallier sintieron “miedo”, no como acto de cobardía o de traición sino como instinto de conservación, nos muestran el horror de una guerra que, planificada desde la “superioridad de nuestra civilización” se tornó en una “troglodita guerra de trincheras”.

Huelga decir que también hubo un conflicto tecnológico. Bastan las siguientes palabras de Jacinto Antón: “Los tanques, los submarinos, la aviación… todos los elementos de la guerra moderna están ya presentes en una contienda que, por otro lado, aún incluye caballería, húsares, uniformes románticos, paradas y fanfarrias decimonónicas, y en la que un piloto […] trata en 1914 de derribar a un enemigo lanzándole su revólver a las aspas de la hélice y otro […] utiliza un cuchillo para atacar un zepelín”. Muchos de los jóvenes combatientes que sobrevivieron, educados en el anacronismo belicista de sus patrias, ofrecieron tras la guerra demoledores testimonios de la bestialidad, la vergüenza y la miseria humanas –no olvidemos el “vivo como una bestia” de Chevallier–: Wilfred Owen, Siegfried Sassoon, Robert Graves, Otto Dix, etc. Otros, sin embargo, exaltaron su experiencia bélica, bien como oficiales ganadores de la Pour le Mérite o bien como simples Frontsoldaten. Es el caso de Ernst Jünger y de Adolf Hitler, así como del Mariscal von Hindenburg, un ejemplo de la vieja guardia mencionada al principio.

Curiosamente, estos tres personajes sostuvieron tras la derrota de Alemania la teoría de la Dolchstoßlegende (“puñalada por la espalda”) y, años más tarde, se convirtieron en artífices o en figuras conniventes de lo que acaeció en ese país. Pero eso ya pertenece a otra historia (o quizás no).

Blanca Gª Manjón


[1] HOBSBAWM, Eric, Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 2008, p.30.

[2] Ibídem, p.37

[3] HOWARD, Michael, La primera guerra mundial, Barcelona, Crítica, 2004, p.49.

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Responses

  1. Completament d’acord amb tu, al cap i a la fi aquest tema és un dels teus grans temes i te n’he sentit parlar anat i tornant. És curiós també com la Primera Guerra Mundial rescata de l’oblid un tema literari molt treballat, per altres circumstancies, els anys que rodegen la fi del segle XIX: el joc de ficció al voltant de l’identitat perduda. La caiguda, i conseqüent trencadissa, dels valors político-culturals i el vertigen per una memòria vulnerada i sense possibilitat de relligar, així com el sorgiment de diversos casos de ferits de guerra amb amnèsia, porta a construir tota una literatura que es consagra com la gran historia de la Primera Guerra Mundial, que amb les seves hecatombes socials provoca una necessitat d’amnèsia fictícia. No és que sigui molt just cap als morts i els que varen deixar la pell a les trinxeres, però si existeix l’oblit és per poder continuar caminant sense el pes d’una rèmora asfixiant. Almenys així jo entenc i justifico l’existència d’una època com va ser la dels “feliços 20”, ja que amb el record de la Gran Guerra no crec que es pogués viure gaire feliçment, de la mateixa manera que l’11 d’abril de 1987 cert famós escriptor es va suïcidar llançant-se pel buit de les escales al no poder suportar més el pes asfixiant dels seus records.

  2. Jo estic d’acord amb l’afirmació de molts historiadors que realment el s.XIX va finalitzar l’any 1914. L’obsessió per la pau després de la Gran Guerra (una pau mal feta, com es va veure després) és el que va causar la reacció a destemps dels Aliats (EE.UU., Gran Bretanya…) davant el joc d’annexions que Hitler estava duent a terme a Europa tranquil·lament.

    Sobre el suïcidi de Primo Levi, l’altre dia ho vam parlar a Literatura del s.XX i és força discutible. No se sap del cert si va ser un cas d’autòlisi o un infortunat accident.

  3. Gran Post! Us recomano la serie de HBO “Band of brothers” (“Hemanos de sangre” a la versió en castellà), fa un gran retrat de les relacions humanes dels soldats durant la segona guerra mundial.
    Salut


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