Posteado por: Blanca Gª Manjón | 08/02/2010

Schadenfreude

No quisiera convertir Tú y yo, contra mundum en un muro de lamentaciones como ya ocurrió hace meses con mi difunta cuenta de Fotolog, pero llevo días sumida en una lucha intestina conmigo misma, en un debate moral interno, y es menester expiar mis faltas de algún modo, si las hubiere. Se trata de la Schadenfreude, acuñación alemana para lo que se entiende como “gozo o alegría por la desgracia ajena”. Una emoción muy compleja y demasiado humana, en tanto que connatural a nuestra condición, a pesar de su aparente inhumanidad. No puedo evitar, sin embargo, que ese sentimiento hasta cierto punto natural de Schadenfreude me conduzca a otro hostigante de Schuld, de culpa o deuda con lo moralmente correcto. La conciencia me interpela y, como si fuera un pop-up, surge la pregunta: ¿Soy una mala persona? Permítanme creer que no.

Lejos de ser rousseauniano (“el buen salvaje”) o hobbesiano (“homo homini lupus”), mi parecer es que todo hombre ordinario –psicopatologías aparte– posee en potencia la capacidad de obrar tanto el bien como el mal. Si bien al nacer existe una predisposición hacia un lado de la balanza u otro, lo cierto es que el contrario jamás desaparece y nuestro entorno se encarga de actualizar, modificar y definir nuestra tendencia potencial al bien o al mal. Y estarán de acuerdo en que determinados sujetos sacan lo peor de cada uno por muy buena persona que se haya considerado hasta el momento. Eso es lo que me sucedió: alguien (llamémosle X) se cruzó en mi camino, se aprovechó de mi buena voluntad (no pretendo elevarme a los altares pero al César lo que es del César) y me devolvió la moneda de la peor forma posible. Ahora X no está atravesando un buen momento, se siente anímicamente desolado (nihil novum sub sole) y yo, aunque no exactamente gozo o alegría, sí siento cierta satisfacción como espectadora en la distancia.

Es difícil establecer la delgada línea que separa la Schadenfreude de la crueldad más despiadada, pero por crueldad entiendo la pérdida de respeto por una persona como ser humano y la recreación mórbida en su sufrimiento. En este sentido, yo respeto a X como ser humano, del mismo modo que no deseo activamente su mal. La Schadenfreude, en cambio, es para mí pasiva y no intencionada, más próxima a un compromiso con la justicia y a un sentido de lealtad con mis creencias y obligaciones morales. Es la satisfacción de comprobar que todo se paga en esta vida (justicia kármica), especialmente el maltrato a quienes intentan procurar el bien de uno. What goes around, comes around.

¿Eso es todo? Puede ser. Quizás esto es sólo un vano intento de racionalizar una emoción que no tiene excusa alguna a fin de aplacar cualquier atisbo de culpa. Reconozco que mi Schadenfreude se basa también en el resentimiento; no soy rencorosa pero hoy por hoy me siento incapaz de perdonar a X. Es la primera vez que me ocurre y me preocupa. No obstante, cada día que transcurre tengo el mayor convencimiento de que no soy precisamente yo quien tiene un problema sino esa persona. No es porque el mundo se haya confabulado para hacerle la puñeta ni porque yo haya deseado que fracase estrepitosamente en todo: X se lo ha buscado con su actitud vital. Qué pena despertar solamente sentimientos adversos y nocivos en los demás, qué pena cargar las propias culpas sobre los otros… No esperes un ego te absolvo a peccatis tuis de nadie si antes no has podido perdonarte a ti mismo. Lo siento, lo siento en el alma, pero donde las dan las toman.

Blanca Gª Manjón

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Posteado por: Blanca Gª Manjón | 02/02/2010

NPE, ¿traición o salvación del proyecto revolucionario bolchevique?

Tras la Revolución de Octubre de 1917 y la elección del primer Sovnarkom (Consejo de Comisarios del Pueblo) con Lenin al frente, la prioridad era acordar un tratado de paz entre la Rusia soviética y las Potencias Centrales con objeto de poner fin a su participación en la Primera Guerra Mundial y centrar sus exiguos recursos en la consecución de la sociedad comunista mediante la dictadura del proletariado. Lenin ya había manifestado su proyecto revolucionario en las conocidas Tesis de abril de 1917: “La peculiaridad del momento actual en Rusia es el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia de clase y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de los sectores pobres de los campesinos”. Esta segunda etapa se concretaba, entre otras medidas, en “la confiscación de todas las tierras de los terratenientes” y la “nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los soviets locales de diputados obreros agrícolas y campesinos (…)”.

Sin embargo, el primer escollo para el desarrollo de sus tesis fue la Guerra Civil –o quizás deberíamos hablar de “guerras civiles”– como consecuencia del descontento general tras la firma del Tratado de Brest-Litovsk, por el que Rusia transfería territorios a Alemania, al Imperio Otomano, confirmaba la “independencia” de Finlandia, Ucrania, Polonia y los países bálticos, y además se comprometía al pago de reparaciones de guerra a Alemania. La pérdida de territorio fue interpretada como un debilitamiento del poder ruso por muchos revolucionarios y por los zaristas, mientras que los Aliados veían en el acuerdo germano-soviético un desafío a sus intereses (todavía estaban en contienda): “[…] el tratado de Brest-Litovsk había enojado tanto a los británicos que habían enviado un contingente expedicionario […]. Pero también pesaban otras amenazas: los franceses desembarcaron una guardia naval en Odesa, en el Mar Negro; […] y el contingente americano no les iba a la zaga”[1]. Así pues, entre 1918 y 1921 el poder bolchevique tuvo que luchar contra varios frentes, a saber, los socialistas revolucionarios y los anarquistas, el Ejército Blanco, los independentistas ucranianos y caucasianos, Polonia y, finalmente, las potencias occidentales que acechaban en la periferia de la RSFS.

A fin de garantizar la victoria bolchevique, el Sovnarkom impulsó el llamado “comunismo de guerra” –o “dictadura sobre el suministro de alimentos”–, establecido en junio de 1918. Esta medida excepcional implicaba la nacionalización de todas las empresas, la intruducción del trabajo forzado en las industrias básicas, amén de las requisas de grano (Prodrazvyorstka) y el recorte de las libertades conseguidas con las revoluciones de febrero y octubre. En la práctica, “el Comisariado del Pueblo para el Suministro de Alimentos se apropiaba de cereales allí donde los podía encontrar, y a menudo se dejaba que las familias campesinas se murieran de hambre”[2]. El Sovnarkom esperaba el apoyo del campesinado, pero las inmensas exacciones de grano, de reclutas y de mano de obra que debían soportar día sí y día también provocaron revueltas campesinas en la cuenca del Volga y en Siberia (1920-1921), crisis de subsistencia con millones de víctimas, huelgas en las fábricas más importantes (“[…] se calculó que el output fabril de 1920 fue un 86% menor que el correspondiente a 1913”[3]) y un hecho decisivo: el amotinamiento de los marineros de la base naval de Kronstadt, que, pese a haber sido férreos partidarios de los bolcheviques, denunciaban en su “Declaración política” del 28 de febrero de 1921 que “los soviets actuales no expresan la voluntad de los obreros y de los campesinos”, reclamando asimismo el fin de la requisa de grano y la concesión a los campesinos de “entera libertad de acción sobre la tierra”.

Lenin, dándose cuenta de la gravedad de la situación y considerando que sólo un acuerdo con los campesinos podría salvar la revolución, anunció la implantación de la Nueva Política Económica (NPE), autorizada por el Politburó no sin reservas, dado que suponía el establecimiento de una economía mixta basada en la recuperación de los valores fiduciarios (dinero), en la restauración de la actividad comercial a pequeña escala y, en definitiva, como Lenin mismo reconoce, en el hecho de que “la libertad de comerciar con los excedentes significa inevitablemente libertad de desarrollo del capitalismo”[4]. No obstante, esta concesión al “capitalismo controlado y regulado por el Estado proletario” era necesaria en un país como Rusia, devastado por la sucesión de guerras civiles y revoluciones. Lenin era consciente de que la NPE era una pausa dentro del proceso de construcción del socialismo y, de hecho, la única vía para restaurar la industria soviética y mejorar las condiciones de obreros y campesinos, si bien muchos bolcheviques pensaban que la reintroducción de prácticas capitalistas constituía una traición a los principios de la Revolución de Octubre de 1917. Pero la NPE no sólo contemplaba el comercio privado de alimentos sino también la liberación de otros sectores económicos que habían estado bajo monopolio estatal durante el comunismo de guerra, sectores considerados no estratégicos: talleres y pequeñas empresas fabriles. Se preveía que “el Estado obrero” daría “en arriendo determinadas minas, bosques, eplotaciones petrolíferas, etc., a capitalistas extranjeros, para obtener de ellos instrumental y máquinas suplementarias que nos permitan apresurar la restauración de la gran industria soviética”[5]. Es el caso de las inversiones de Henry Ford.

La NPE acabó con la crisis de subsistencia y permitió una cierta recuperación económica, aunque también implicó el fin del igualitarismo total en los años del “comunismo de guerra”, fomentó las “tijeras de precios” entre el campo y la ciudad (vaticinadas por Trotski) y el surgimiento de los nepmani, una suerte de estraperlistas avezados a la especulación de productos.  A pesar de todo, la NPE prosiguió aún cuatro años más tras la muerte de Lenin, tutelada por Stalin y con una clara oposición de Trotski, que se había posicionado a favor de la planificación centralizada de la economía soviética. Planificación que, curiosamente, tras el exilio de Trotski en 1928, adoptaría Stalin en sus Planes Quinquenales a partir de ese mismo año.

En definitiva, podemos resumir la sociedad soviética bajo la NPE como “un amasijo de contradicciones imprevisibles, callejones sin salida y oportunidades, de aspiraciones y descontento”[6].

Blanca Gª Manjón


[1] SERVICE, Robert, Historia de Rusia en el s.XX, Barcelona, Crítica, 2000, p.110.

[2] Ibídem, p.116.

[3] Ibídem, p.130.

[4] http://www.upf.edu/materials/fhuma/hc1/docs/dost3.pdf, p.28.

[5] Ibídem, p.28.

[6] SERVICE, Robert, Ibídem, p.151.

Posteado por: Blanca Gª Manjón | 30/01/2010

La Gran Guerra: ¿Dulce et decorum est pro patria mori?

Al plantearse la cuestión del cambio de mentalidad en los combatientes a lo largo de la Primera Guerra Mundial, debemos preguntarnos primero a qué clase de combatientes nos referimos: ¿a la vieja guardia henchida de militarismo romántico o a la joven carne de trinchera (poilus, tommies, Frontsoldaten…) que, embriagada de nacionalismo exacerbado por los padres de la patria, sucumbió a la orgía de “barro, sangre y metralla” que tan bien retrata Jacinto Antón en su reportaje? Porque la Gran Guerra supuso ante todo un conflicto entre generaciones. Cuando Edward Grey, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, sentenció en vísperas del estallido de la contienda que “las lámparas se apagan en toda Europa”, era consciente de que los fundamentos de lo que Hobsbawm llama “el gran edificio de la civilización decimonónica”[1] estaban a punto de desplomarse como un castillo de naipes. Los franceses, anclados en las gloriosas victorias militares de siglos pasados, recibieron el anuncio de la guerra con júbilo y predisposición patriótica. “¡ES LA GUERRA!”, se grita entre la multitud, según Gabriel Chevallier en El miedo. “Todo comienza como una fiesta”, “los oficiales de carrera dicen: «Ha sonado la hora. ¡Se acabó el pudrirse en los grados subalternos!»”, añade. En virtud de la Union Sacrée, en defensa de la nación, se llamó a la movilización general de toda Francia. Sin embargo, pronto asomó la verdad: Desde las Guerras Napoleónicas no se había registrado una en la que hubieran participado todas las grandes potencias, o la mayor parte de ellas, y la guerra de mayor envergadura tras ese período, que enfrentó a Francia con Prusia en 1870-71, se había saldado con 150.000 muertos, en comparación con las 9 millones de víctimas que perecieron en la Primera Guerra Mundial. Además, Hobsbawm[2] señala que las guerras decimonónicas habían sido impulsadas por “motivos limitados y concretos”, mientras que la Gran Guerra, calificada por muchos de “guerra total”, perseguía “objetivos ilimitados” teñidos de revanchismo y vanidad patriótica.

Dado que la memoria colectiva albergaba solamente testigos pretéritos de –en palabras de Chevallier– “ancianos que chochean, que los jóvenes rehúyen y que estarían mejor en Los Inválidos”, era normal que todo el mundo, especialmente las nuevas generaciones, se preparara para ir a la guerra pero nadie supiera nada de ella. Jamás se habrían imaginado que la conflagración se prolongaría durante cuatro años ni que el “frente occidental” se convertiría en la peor carnicería antes vista: “Ultimátum… Ultimátum… Ultimátum… Pero Francia dijo, mirando las nubes aborregadas hacia el Este: «Es allí donde habrá tormenta»”. Alemania, imbuida en el militarismo arcaico de la vieja Prusia, cuya personificación era la figura del káiser Guillermo II y todo su séquito de Junkers, pergeñó el Plan Schlieffen en la ingenua creencia de que la guerra duraría unas pocas semanas. Según este plan, para evitar una guerra de dos frentes, las tropas alemanas debían concentrarse en el frente occidental, aniquilando al ejército francés en un plazo máximo de seis semanas, a fin de conservar suficientes efectivos para poder combatir después a los rusos en el frente oriental[3]. Las batallas de Verdún y del Somme, entre otras, en las que soldados como Chevallier sintieron “miedo”, no como acto de cobardía o de traición sino como instinto de conservación, nos muestran el horror de una guerra que, planificada desde la “superioridad de nuestra civilización” se tornó en una “troglodita guerra de trincheras”.

Huelga decir que también hubo un conflicto tecnológico. Bastan las siguientes palabras de Jacinto Antón: “Los tanques, los submarinos, la aviación… todos los elementos de la guerra moderna están ya presentes en una contienda que, por otro lado, aún incluye caballería, húsares, uniformes románticos, paradas y fanfarrias decimonónicas, y en la que un piloto […] trata en 1914 de derribar a un enemigo lanzándole su revólver a las aspas de la hélice y otro […] utiliza un cuchillo para atacar un zepelín”. Muchos de los jóvenes combatientes que sobrevivieron, educados en el anacronismo belicista de sus patrias, ofrecieron tras la guerra demoledores testimonios de la bestialidad, la vergüenza y la miseria humanas –no olvidemos el “vivo como una bestia” de Chevallier–: Wilfred Owen, Siegfried Sassoon, Robert Graves, Otto Dix, etc. Otros, sin embargo, exaltaron su experiencia bélica, bien como oficiales ganadores de la Pour le Mérite o bien como simples Frontsoldaten. Es el caso de Ernst Jünger y de Adolf Hitler, así como del Mariscal von Hindenburg, un ejemplo de la vieja guardia mencionada al principio.

Curiosamente, estos tres personajes sostuvieron tras la derrota de Alemania la teoría de la Dolchstoßlegende (“puñalada por la espalda”) y, años más tarde, se convirtieron en artífices o en figuras conniventes de lo que acaeció en ese país. Pero eso ya pertenece a otra historia (o quizás no).

Blanca Gª Manjón


[1] HOBSBAWM, Eric, Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 2008, p.30.

[2] Ibídem, p.37

[3] HOWARD, Michael, La primera guerra mundial, Barcelona, Crítica, 2004, p.49.

Posteado por: Blanca Gª Manjón | 18/01/2010

Cuando vengan a buscaros, no habrá nadie que quiera protestar

“Als die Nazis die Kommunisten holten, habe ich geschwiegen; ich war ja kein Kommunist.
Als sie die Sozialdemokraten einsperrten, habe ich geschwiegen; ich war ja kein Sozialdemokrat.
Als sie die Gewerkschafter holten, habe ich geschwiegen, ich war ja kein Gewerkschafter.
Als sie mich holten, gab es keinen mehr, der protestieren konnte.”** (ver traducción al final)

Estas palabras forman parte de ¿Qué hubiera dicho Jesucristo?, sermón que el pastor luterano Martin Niemöller (1892-1984) predicó en la Semana Santa de 1946 en Kaiserslautern (Alemania). Sin duda podría tratarse de uno de los tantos asépticos discursos evangélicos que prescriben la buena doctrina si no fuese porque es el resultado de una lección vital (y moral) que Niemöller aprendió en sus propias carnes. Es asimismo el arrepentimiento público de un adepto al régimen nacionalsocialista que creyó en el resurgimiento nacional de Alemania tras las cenizas de la Gran Guerra, en la regeneración del cristianismo frente al judaísmo y en la victoria sobre la amenaza comunista. Sin embargo, inesperadamente se tornó en víctima cuando Hitler impuso, en el marco de la Gleichshaltung –política de homogeneización–, el Arierparagraph (Párrafo Ario), instando a las iglesias protestantes la inmediata expulsión de todo cristiano con antepasados judíos. Pese a su antisemitismo tradicional, Niemöller rechazó semejante despropósito en virtud del sacramento del Bautismo, que convierte en cristiano a cualquier persona sin tener en cuenta su fe anterior (si la tuviere), su pertenencia a una determinada raza o la filiación religiosa de sus ascendientes. Esa traición a la esencia ecuménica y universal del cristianismo, así como la instauración progresiva de un neopaganismo de base ariosófica, impelió al pastor luterano a fundar en 1934 la Pfarrernotbund (Liga Pastoral de Emergencia) y a unirse a la Bekennende Kirche (Iglesia Confesional). La persecución nazi no se hizo esperar y cientos de pastores fueron arrestados, llevados a campos de “reeducación” e incluso ejecutados por su clara oposición a la nazificación de la iglesia protestante. Niemöller, el otrora adalid e hijo predilecto del régimen, no fue la excepción: Hitler tomó su rebeldía como un asunto personal y ordenó su arresto en 1937. Culpable de acciones subversivas contra el Estado, fue condenado en 1938 a siete meses de reclusión. Tras cumplir la pena, fue nuevamente detenido por la Gestapo de Heinrich Himmler e internado durante siete años (1938-1945), hasta la liberación de los Aliados, en los campos de concentración de Dachau y Sachsenhausen como “prisionero personal del Führer”. Siete años de cautiverio sirvieron para que Niemöller, que durante un tiempo había guardado silencio ante la barbarie porque simplemente creía que “no iba con él”, porque creía que sólo afectaba a aquellos que estaban en el punto de mira nazi y no al conjunto de la sociedad alemana, asumiera su culpabilidad, su connivencia, y tomara consciencia del principio de responsabilidad como exigencia moral que todo individuo debe tener frente a sus actos, sus elecciones y la repercusión que crean en el mundo.

Si bien quizás no de virtud, Niemöller sí fue un ejemplo loable de enmienda, de saber rectificar a tiempo en aras del bien común y de ser consecuente con su labor evangélica en tiempos de cólera. Por ello es lamentable que actualmente, en pleno s.XXI, existan individuos en el seno de la Iglesia, sea católica o protestante, que, lejos de cumplir con su deber cristiano, se sirven del poder que les confiere el alzacuellos, la mitra o el cargo eclesiástico para pontificar sobre lo humano y lo divino, cometiendo injerencias en asuntos políticos y haciendo manifestaciones impropias de un ministro de Dios. Me refiero, por ejemplo, a las patochadas que el arzobispo de Granada, Javier Martínez, profirió en la homilía del pasado 20 de diciembre, “en la que comparó la reforma de la Ley del Aborto con el régimen de Hitler, alegando que los crímenes nazis no eran tan «repugnantes» como los que permite cometer dicha ley”. ¿Sabe qué le digo, señor Martínez? Tan repugnantes fueron los crímenes nazis como lo es su retorcida mente. Vergüenza debería darle restar gravedad al sufrimiento y faltar a la memoria de veinte millones de personas que perecieron en el Holocausto (judíos, eslavos, gitanos, disidentes políticos, etc.). Millones de víctimas entre las que –permítame recordarle– se encontraban cientos de obispos, sacerdotes, frailes y hermanas católicos, en su mayoría polacos, que perdieron la vida por no querer abandonar su fe o por defender a los más débiles. Es el caso de Maximilian Kolbe (1894-1941), un fraile franciscano que se ofreció para sustituir a Franciszek Gajowniczek, un sargento polaco casado y con hijos que había sido condenado a morir de inanición en represalia por la fuga de otro prisionero. Kolbe sobrevivió a tres semanas de ayuno y finalmente fue asesinado por una inyección de fenol en el KZ-Auschwitz. El Papa Juan Pablo II lo declaró mártir décadas después, así como a otros 108 religiosos. ¿Se acuerda de Karol Wojtyła, señor Martínez? Antes, mucho antes de convertirse en pontífice, fue un joven polaco de fe católica, perseguido por la Gestapo y obligado a esconderse en buhardillas de Cracovia para evitar ser deportado a un campo de concentración. Pero supongo que eso, a fin de cuentas, no debe de parecerle tan “repugnante”.

Para más inri (nunca mejor dicho), esta semana leíamos en todos los periódicos, a propósito del funesto seísmo en Haití, que el recién nombrado obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, había asegurado a la cadena SER que “mucho peor que las muertes, el dolor y el caos instalado en la isla caribeña […] es «nuestra pobre situación espiritual y nuestra concepción materialista de la vida»”. ¿Es esto caridad cristiana? ¿Es esto el Deus caritas est que anunciaba la primera encíclica del Papa Ratzinger? ¿Se atreve a hablar de pobreza de espíritu quien, por sus inhumanas palabras, se retrata como el más miserable entre los miserables? Jesucristo dijo: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:1-3). Y también dijo: “Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros” (Juan, 13:24). No lo digo yo sino Aquél al que estos sujetos han consagrado su vida.

Y, finalmente, como si existiera una especie de conexión mental entre mamelucos, podríamos mencionar la brillante explicación que el reverendo evangelista Pat Robertson ofreció sobre la catástrofe en Haití. Según él, todo se debe a un pacto que este país hizo con Belcebú a fin de librarse de los colonizadores franceses. Y el terremoto es el justo castigo divino por cometer semejante herejía. Por supuesto, tras el revuelo armado en Estados Unidos –con intervención de la Casa Blanca incluída–, el portavoz de la cadena donde Robertson expuso sus historias para no dormir se apresuró a decir que las palabras del reverendo habían sido malinterpretadas. Quizás tiene razón; quizás lo que ocurrió es que fue víctima de una posesión infernal. De lo contrario, no podrían entenderse esas afirmaciones dignas de un ser abyecto e inhumano.

Blanca Gª Manjón

**“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a buscar a los judíos, no protesté, porque yo no era judío.
Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar.”

Posteado por: Blanca Gª Manjón | 01/01/2010

Año Nuevo: un encuentro transfronterizo

Aprovechando el nuevo año, he decidido emprender seriamente mi andadura en la blogosfera para dar a conocer mis escritos y, a través de ellos, a mí misma. Antes tenía un fotolog en el que escribía casi a diario, pero últimamente se había convertido en mi muro de lamentaciones personal, amén de que el propio Fotolog.com es ya un nido de púberes hormonados con sus autofotografías tomadas delante de un espejo (imprescindible el reflejo del flash), sus aberrantes textos que desafían las normas de la ortografía y la gramática españolas y sus inconfundibles “me effeas?” y “effeo por reverse”. Así que, por estos motivos y por ciertas vicisitudes que ocurrieron antes del verano, cerré con llave esa etapa para siempre.

El título de mi blog, Tú y yo, contra mundum, responde a mi inconfesable simpatía por Sebastian Flyte, un personaje de ficción de Brideshead Revisited (Retorno a Brideshead), novela de Evelyn Waugh de la que se rodó la serie homónima a principios de la década de los 80, protagonizada por un joven Jeremy Irons en el papel de Charles Ryder y por Anthony Andrews en el del disoluto, alocado y alcohólico Sebastian. Evidentemente, mi admiración no se debe a su impenitente adicción autodestructiva sino al canto de lealtad que representan tanto el personaje per se como la expresión mediante la que se define: contra mundum. No asistimos a un falso acto de rebeldía, a un mero ir contracorriente; se trata más bien de la afirmación de unos valores que nacen de sí mismo, del desafío a creencias aceptadas y a constricciones, designios e imperativos infundidos desde nuestra más tierna infancia de lo que cada uno “debe ser” en la vida. Tú y yo, contra mundum pretende ser precisamente eso, un manifiesto del más noble valor que un ser humano puede poseer: la lealtad a sí mismo, a sus palabras, a sus pensamientos, a sus actos.

El 2009 ha sido un año de duro aprendizaje a garrotazos, a sangre y fuego. Además de pérdidas irreparables como la muerte de mi gato Miki (te quiero) tras una larga agonía y la inesperada desaparición de Michael Jackson (your music will never die), he tenido que padecer el paso por mi vida de algún que otro indeseable. Ecce homo: un juntaletras con delirios bohemios y episodios maníaco-depresivos, ebrio de un quijotismo de Wikipedia, que se vanagloria de adorar a falsos ídolos superventas, a mercenarios de la literatura. ¿Y qué sería un Quijote sin su Sancho Panza? Aunque semejante víbora no hace honor al famoso fiel escudero (ojalá) sino más bien a una vulgar aprendiz de Maléfica, la bruja malvada de La bella durmiente. En cualquier caso, sobreviví: “Lo que no me destruye me hace más fuerte”, decía Nietzsche. Cierto, muy cierto. Las calamidades humanas que casi acaban conmigo únicamente consiguieron que aprendiera a ponderar mi amor propio por encima de todo lo demás. Y heme aquí, a 1 de enero de 2010, como el bifronte dios Jano, mirando hacia atrás, el annus horribilis que abandono, y hacia adelante, los doce meses que se me aparecen como una nueva oportunidad. El día de Año Nuevo supone la aceptación del pasado para enmendar y construir el porvenir, la asunción de dos rostros opuestos -el presente no existe- que configuran la vida entera. ¡Feliz 2010!

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